martes, 5 de abril de 2011

Metro milagroso.

Viaje diario recorriendo la linea 1 del metro, sentado en el suelo, aún cuando el
piso del tren está lleno de mensajes que invitan a no hacerlo, no se si es esa
mi manera de llevarle la contra a una sociedad fría, carente de preocupación
por el prójimo, o simplemente viajar sentado en el suelo me provoca una
comodidad absoluta.
Inmerso como lo más insignificante dentro del túnel, donde no hay paisaje más
que una pared de concreto con luces cada cierto trecho, cruzaba una cuidad por sus
entrañas, una ciudad que comenzaba a vivir temprano, que quizás nunca durmió.
Recorría con la vista, imaginando lo que leía en la página 257 de Música de Playa,
libro de turno que me hace compañía en los eternos viajes de casa a la universidad,
y de vuelta. Era testigo como Jack McCall volvía a su vieja vida, y
que incluso los personajes de los libros no pueden escapar de
lo que verdaderamente son, que un pasado abierto se manifiesta cada vez con más
fuerza, y el poder de la familia.

Entraba al portal que dividía República y Los Héroes, mientras la música me
mostraba como Nacho Vegas encontraba una razón para sumergirse en un Whisky Escocés,
apuré la lectura para alcanzar a terminar el párrafo antes de bajar.
Llegaba a Los Héroes, mi destino, donde los espejos aportan con una escenografía
infinita,  me pongo de pie de mi improvisado asiento, y me paro frente al vidrio,
que en más de una ocasión  lo he usado para reflejarme,
y veo a las personas paradas en el andén esperando abordar el tren que
yo abandonaría en el momento que se detuviera.

Al abrirse de par en par las puertas, veo como la gente se amontona en
las salidas del vagón, formando un túnel de personas el cual debes seguir para descender,
un tipo con voz cansada anuncia por los parlantes que deje bajar antes de
subir, pero al parecer esa tarde se pusieron de acuerdo para no hacer caso de
la común petición. Entonces, antes de bajar, se cruza ante mí una señora, casi anciana, con
dificultad para desplazarse, ayudada por un viejo bastón mal cuidado, las demás
personas, en un gesto entre misericordia y piedad, la dejan entrar primero al vagón del cual yo
aún no salgo, cuando me dispongo a ir contra ese mar de personas que me impedían
el paso, me doy cuenta de que la señora divisa a lo lejos un asiento desocupado
en el metro, de esos tan anhelados por los usuarios del transporte público.
Me quede viendo la escena, y la mujer anciana, casi como un acto de magia,
toma por la mitad a su bastón, y da inmensas zancadas para alcanzar primero
que los demás el asiento plástico naranjo.
Quedé perplejo, había visto ante mis ojos un verdadero milagro, la mujer que casi
no se movía al caminar, esta vez le faltó poco para correr y coger lo que quería.
Sonó y se alumbró la luz roja, así que me apuré y logre descender de ese tren, ahora
milagroso para mí.

Camino para subir a la superficie, evito la escalera mecánica, como todos los días, y uso
la normal, solo, mientras las personas me observan con intriga por no usar la maquinaria
que los sube automáticamente.
Me dejó pensando tal situación que viví en el metro, me cuestioné si acaso una buena
motivación lograba que las personas actuaran de una manera impensada, incluso para ellos,
esa pobre mujer nunca imaginó que tenia aún la capacidad de moverse con esa velocidad.

Desde entonces digo que el metro es milagroso, y cuento mi historia para afirmar mi punto
de vista, solo espero que ese milagro toque a las demás personas y las sane de su individualismo
injustificado, de su miedo agónico y de su necesidad de pasar sobre el otro.

Isma710.