donde estoy solo yo conmigo, donde en innumerables ocasiones se crean discusiones sin
sentido entre esos dos sujetos, y la mayoría de las veces, no llegan a consenso.
Escuchaba música camino a casa, como un ritual secreto que cumplo sagradamente
todos los días desde que tengo uso de razón. Quizás sea lo único que amortigua
ese sentimiento de desagrado, disconformidad y resignación que me provoca
el transporte público.
Sin previo aviso dejó de sonar, todo el mundo que había construido en el trayecto a mi hogar
se vino abajo como una torre de naipes expuesta al viento. Antes de poder asimilar bien lo
que me sucedía, saco de mi bolsillo el MP4, ese aparato que solo tiene una misión en
este mundo, y en ese momento, en ese preciso momento dejó de cumplirla.
Aprieto ciertos botones, mas con desesperación que con cordura, y dice, según él, que necesita carga.
¿En que se fue la energía?, ¿Realmente pude cometer el delito de no haberme fijado en ese
detalle al salir de mi casa?.
Respiré hondo, observé las hojas de los árboles, y el tímido otoño que ya comienza a asomar
su característico viento acariciante.
Ya de vuelta en mi, pero aún inquieto por tener que escuchar al mundo exterior, con
sus bocinas y gritos, ladridos y motores, desenvaino mi segunda opción, el celular me salvaría,
pero el ingrato ni siquiera se dignó a encender.
Triste, y con dos dispositivos inertes en mis bolsillos, llenos de canciones mágicas, pero
carentes de batería, intenté buscar con mi mirada esas cámaras escondidas que
utilizan los programas de humor para reírse de la desgracia ajena.
No hallé nada. Para ese entonces, mis audífonos eran solo otro accesorio más de mi
despreocupada vestimenta.
Apuré el paso, dejando atrás ese vaivén que me caracteriza a lo lejos, dando paso
a un ciudadano más, parecía uno cualquiera, con mirada preocupada,
intentando escapar de algo, en mi caso, para que este infierno acabara luego.
Isma710







