"Sin embargo, como ocurrió con la mayoría de los santos,
la gente no te entendería.
Y cuando trataras de explicar esa sensación de paz,
tu alegría de vivir, tu éxtasis interior,
ellos oirían tus palabras, pero no te escucharían.
Tratarían de de repetir tus palabras, pero las acrecentarían.
Se asombrarán de que tuvieras lo que ellos no pudieron encontrar.
Y entonces se volverían envidiosos.
Pronto la envidia se convertiría en rabia,
y en su furor tratarían de convencerte de que eras tú quien no entendía a Dios.
Y si fracasaran a la hora de arrancarte tu alegría,
tratarían de hacerte daño, tan enorme sería su rabia.
Y cuando tu les dijeras que eso no te importaba,
que ni siquiera la muerte podría privarte de tu alegría,
ni cambiaría tu verdad, probablemente te matarían.
Entonces, cuando vieran con que paz aceptabas tu muerte,
te llamarían santo, y te amarían de nuevo."
Conversaciones con Dios.
lunes, 28 de marzo de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)




0 comentarios:
Publicar un comentario